Erase una vez una niña que creía en los cuentos de hadas. De
pequeña había leído tantos cuentos en los que la princesa conocía al príncipe
ideal, se casaban, tenían una familia y eran felices que se convirtió en su
sueño. La niña creció en una familia en la que se alimentó ese sueño de la
familia ideal y vivía feliz. Sus padres, sus hermanas, sus abuelos y sus tíos
colmaban la felicidad y su infancia fue lo que toda niña habría deseado.
El tiempo
pasó y esa niña fue dándose cuenta de que a su alrededor las cosas no iban
siendo tal como las había soñado. Que esos padres idealizados tenían sus fallos
e incluso en ocasiones la educación que ellos habían recibido de sus padres e
inculcada a ella y sus hermanas perjudicaba las relaciones fraternales. Que cada
hermana hacía su vida construyendo su propia familia y que ellas habían logrado
romper esos vínculos fuertes que se establecen cuando eres pequeña con tus padres y hermanos. Que ellas crearon su vida
logrando asimilar las imperfecciones y consiguiendo individualidad. Pero que
esa niña no logró tirar hacia adelante, que se quedó anclada en el sueño de una
gran familia rodeada de felicidad y en la utopía de tener una familia propia.
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